|
Catolicos Leigos Contemplativos
“Caminante no hay camino, el camino si hace al caminar”
|
|
|
|
|
|
BUEN HUMOR QUE NUNCA FALTA El buen humor, que es como un segundo traje para el futuro Papa, puede desarrollarse plenamente en Venecia, en el marco natural de una ciudad que aprecia muchísimo las rápidas respuestas. "¡Por caridad, - recomienda el Patriarca - no relaten a todo el mundo mis sentencias más descabelladas!" Pero sus alegres comentarios pasan de boca en boca. Un día, hablando con uno de los hombres más ricos de la ciudad, le dice: "Usted y yo tenemos algo en común: el dinero. Usted tiene muchísimo y yo no tengo ni cinco. La diferencia está en el hecho de que yo no me preocupo por eso". En otra ocasión, a un periodista que le pregunta lo que hubiera sido si pudiera empezar de nuevo su vida, responde: "Periodista". Luego, con una sonrisa alegre añade: "¡Y ahora vamos a ver si Usted tiene la osadía de decirme que, si pudiera nacer de nuevo querría ser Patriarca!". A otro entrevistador demasiado curioso: "Usted incluso sería capaz de preguntarme cuántos botones tiene mi sotana…" APARENTANDO SER APRENDIZ A un primer golpe de vista puede parecer que así fueron los primeros tiempos del pontificado de Angelo Roncalli. No obstante Juan XXIII supo dotarse de un programa preciso, cargándose de compromisos serios, dotados de grandes y trascendentales consecuencias. No olvidó jamás que el primer papel de un Papa es la oración. Si el mundo católico se extrañó ante el anuncio de la elección del Cardenal Roncalli, de quien se había hablado poco antes del Cónclave y del que poco se conocía, más todavía le extrañó a él mismo que ni se había planteado semejante posibilidad. Desde el principio se definía amablemente como "un Papa aprendiz" y decía "dejadme que haga mi noviciado", se acercó sin temor a sus primeras tareas y con su habitual tranquilidad se enfrentó a ellas. La misma noche de la bendición "urbi et orbi", su secretario le preguntó cuáles eran los primeros problemas de importancia a los que se quería enfrentar, respondió: "Ahora voy a tomar mi Liturgia de las Horas y voy a rezar Vísperas y Completas". En los dos discursos iniciales del 29 de octubre, en su primer radio-mensaje al mundo y en el del día 4 de noviembre, día de la Coronación, Juan XXIII trazaba cuidadosamente y con aplomo el programa de su Pontificado, realizado después de manera efectiva con mucha paciencia, fuerza y tenacidad. "Queremos sobre todo subrayar con insistencia que Nosotros cargamos en nuestro corazón de una manera muy especial la tarea de pastor de toda la grey. Todas las otras cualidades humanas - la ciencia, el interés y el tacto diplomático, los talentos organizativos y de liderazgo, - pueden ser como ornamentos, acabados y para completar un gobierno pontifical, pero de ninguna manera pueden tomar el lugar suyo. Mas el punto central de todo es el celo, la pasión del "Buen Pastor", listo para cada ardua empresa sagrada, lineal, constante, hasta el sacrificio extremo". Un programa entonces clara e inequívocamente pastoral. Pero también ecuménico y misional, guiado por la conquista de los alejados: "El horizonte se ensancha: Tengo también otras ovejas que no son de este corral y necesito traer aquí a esas también; oirán mi voz, y de todas se hará un solo rebaño con un solo Pastor - Gv. 10,16. He aquí el problema misional en toda su vastedad y hermosura. Ésta es la razón profunda de ser del Papado, la primera aunque no sea la única". Y más: "Queremos abrir el corazón y los brazos a todos aquellos que están separados de esta Sede Apostólica. Deseamos ardientemente su regreso a la casa del Padre común." En resumen, un programa de vivo interés por los problemas de la humanidad, de un modo particular en lo referente a la paz y a la justicia social: "Que nos sea permitido enderezar nuestra llamada a los gobernantes de todas las naciones, en cuyas manos están puestas las suertes, la prosperidad, las esperanzas de cada pueblo. Por qué no se encuentra al fin y con justicia la manera de superar la desidia y las riñas. Porque los recursos del genio e inteligencia humanas y de las riquezas de los pueblos se usan después para fabricar armas y no para acrecentar el bienestar de todas las clases de ciudadanos, particularmente de los más necesitados… Que se pongan manos a la obra, con firmeza, confianza y la ayuda de la asistencia divina." Pequeñas novedades pero importantes. Fijado claramente el programa de su acción pontificia, Juan XXIII empieza por las cosas pequeñas que, más que todas, ponen en evidencia su estilo. Al director del Osservatore Romano le llama "el alta y noble palabra de Su Santidad" y otras cosas semejantes tienen que ser abandonadas, elimina la prohibición de toda presencia humana durante sus paseos por los jardines vaticanos, incluso le gusta hablar con los jardineros, soldados suizos, albañiles… "He leído con mucho detenimiento el Evangelio y no he encontrado nada de que el Papa no tenga que tener compañía", dice a quienes le hicieron notar que los Pontífices comen a solas; desde entonces en la mesa del Papa Juan se sientan habitualmente prelados y amigos. El Papa Juan empieza también a salir del recinto de la Ciudad del Vaticano, rompiendo así también con la tradición de que el Papa viva aislado dentro del diminuto Estado. Los romanos se acostumbran rápidamente a verle dar vueltas por Roma, visitando parroquias, hospitales, cárceles y viejos amigos enfermos; con su temperamento amistoso y burlón comienzan a llamarle "Juan fuera del murallas". EL PAPA Y LOS NIÑOS Quedaron memorables encuentros del Papa bueno con los niños. Cuando visitó a los pequeños pacientes del Hospital del Bambino Gesú oyó la voz de voz que decía: "Ven aquí, Papa, ven aquí, Papa…" Se acercó a su camita y le preguntó: "¿Cómo te llamas?". "Ángel, Papa". "Mira, querido pequeño, hace un tiempo yo también me llamaba Ángel pero desde hace unos días me han hecho cambiar mi nombre. Ahora me llamo Juan". En otra sección del hospital un niño ciego le dijo: "Yo sé que eres el Papa, pero no puedo verte. Aun así te quiero muchísimo." De los ojos del Papa Juan brotaron dos lágrimas y tal vez fue la primera vez en que le faltaron palabras. Pero el episodio más conmovedor fue aquel en que concedió audiencia a una niña americana desahuciada por la leucemia y que había expresado su deseo de ver al Papa antes de su muerte. La niña, que fue con su traje blanco de Primera Comunión, con sus mejillas sonrosadas y aparentemente lozana pero que apenas podía ponerse en pie. El Papa Juan se le acercó, la tomó de la mano y la hizo sentar a su lado. Luego "hablaron juntos" alrededor de tres cuartos de hora: qué se dijeron en aquel largo rato, pues tanto tiempo no lo dedicaba el Papa ni a las más altas personalidades, se queda en un misterio; y más si se tiene en cuenta que los conocimientos de inglés del Papa eran muy limitados. Pero las almas puras y santas, aquellas como las del Papa y las de aquellos niños, se entienden aún sin necesidad de muchos discursos. UN ESPÍRITU LIBRE Se entendió inmediatamente desde el propio nombre, Juan XXIII, que algo iba a ser diferente y distinto en el viejo mundo de la Iglesia. De Juanes, en la Historia habían pasado veintidós. Uno se había llamado Juan XXIII pero había sido antipapa. Desde entonces, ningún Papa tuvo la valentía de asumir aquel nombre. Roncalli la tuvo, sin miedo a confundirse con un usurpador de la Cátedra de Pedro. Era la imagen diametralmente opuesta de su predecesor. Pío XII era diáfano, hierático, aparecía recogido dentro de su alta sacralidad, pontífice aristócrata, romano, pastor encima del mundo, Pastor angelicus. De Juan XXIII en lugar de una imagen espléndida se le representa con una de sus imágenes más emblemáticas. Es aquella en que luce sobre su cabeza el "camauro", un gorro de terciopelo rojo bordado de piel blanca, que hace de él, campesino de Bérgamo, un apacible, tranquilo y sereno pontífice renacentista. Lo llevaba bien apretado a la cabeza para poder calentarse las orejas. LA NUEVA PRIMAVERA DEL CONCILIO ECUMENICO ¿Cuál es la imagen tópica utilizado por la gente sobre Juan XXIII? Como un Papa abuelito, bonachón… Pero no es una imagen que explique totalmente la personalidad de Angelo Roncalli, siendo bueno era también un hombre de gran cultura y capaz de tomar decisiones que iban a marcar profundamente la vida de la Iglesia. Sería una grave equivocación limitarse a ver a Juan XXIII como un Papa de una exquisita bondad y buen humor, sin tener en cuenta su amplia personalidad. En este caso no hubiera sido un Papa magno. ¡Sin embargo sabemos que lo ha sido y con creces! Es suficiente para ello acordarnos de sus actos de gobierno más notables para ver en toda su amplitud la puesta en marcha de su plan de acción, y también que supo actuar con una rapidez y energía que asombrarían en un hombre mucho más joven que él. El 17 de noviembre de 1958, el Osservatore Romano, dio la noticia de que el nuevo Papa, en el Consistorio del 15 de diciembre, iba a nombrar a 23 nuevos cardenales, entre ellos el primer africano, y de hecho los no italianos eran más de la mitad: El Sacro Colegio venía así a tomar el rostro de la mayoría internacional. ANUNCIO DEL CONCILIO Sucedió el 25 de enero de 1959, festividad de la Conversión de San Pablo estando los cardenales reunidos en la Basílica de San Pablo, fuera de las murallas. Juan XXIII anuncia "temblando un poco por la conmoción, mas aún con humilde determinación de propósito" su proyecto de convocar un Sínodo Diocesano para la diócesis de Roma, un Concilio Ecuménico para la Iglesia Universal y la Reforma del Código de Derecho Canónico (compilación de todas las leyes que rigen la Iglesia Latina), precedido por la promulgación del Código de Derecho Canónico Oriental. Los Cardenales se quedaron atónitos, literalmente sin palabras, como hechizados por palabras tan abrumadoras y colosales que ninguno de sus Pontífices precedentes, aun cuando se los plantearon de pensamiento, se atrevieron a poner en marcha. El Papa Juan se atreve a lanzar estas propuestas antes incluso de verlas bien claras en su mente, antes todavía de haber estudiado cómo ponerlas en práctica; el proyecto del Concilio sobre todo, como él mismo dijo, no maduró en él "como el fruto de un largo proceso de meditación y planificación, sino como la flor espontánea de una primavera inesperada"; y, en el mensaje al clero veneciano del 25 de abril de 1959 añade: "Por el anuncio del Concilio Ecuménico Nosotros hemos escuchado una inspiración; Nosotros hemos considerado su espontaneidad, en la humildad de nuestra alma, como un toque imprevisible e inesperado". La inmensa confianza que Juan XXIII siempre tuvo en Dios, le ha llevado a responder con prontitud a la inspiración, antes aun de poder preguntarse cómo hubiera podido realizarla en la práctica. Pero si el primer anuncio fue casi tímido e inseguro, enseguida la exhortación del Papa para preparar el Concilio no conoce descanso: habla con los cardenales y con los obispos, con los peregrinos, con todos lo que recibe en audiencia, por fin con todos los que pueden acelerar la preparación y hasta con quienes no pueden hacer nada; a todos les entrega una labor para la preparación del Concilio, aunque no fuera otra labor que rezar: "No dudamos al decir - afirma en un discurso del 13 de noviembre de 1960- que nuestras diligencias y estudios para que el Concilio sea un gran evento, podrían volverse inútiles, si el esfuerzo colectivo de santificarnos fuera menos acorde y menos decidido. Ningún elemento podrá contribuir tanto como la santidad, buscada y alcanzada. Las plegarias, las virtudes de cada cual, el espíritu interior consiguen ser un instrumento de inmenso bien". Mientras el complejo mecanismo del Concilio Ecuménico trabaja con celeridad a través de una inmensa cantidad de estudios, papeles, cartas… que llegan de todos los rincones del mundo católico, mientras comisiones y subcomisiones, padres conciliares y expertos cumplen con un trabajo exorbitante que ordinariamente necesitaría mucho más tiempo, de esta manera los proyectos del Papa llegan pronto a un punto de maduración y son realizados. El Sínodo romano, el primero que tiene lugar en la ciudad Santa tras el Concilio de Trento, se realiza en enero de 1960. Luego echan a andar los trabajos de revisión del Código de Derecho Canónico que marchan a la par que los de preparación del Concilio Ecuménico. Las propuestas legislativas del nuevo Papa no quedan ahí, hay otras que la gente en general no percibe pero que marcan una profunda renovación en la Iglesia. Reabre el diálogo con los Anglicanos, después de ocho siglos de odios y equívocos, rechaza tajantemente la hostilidad hacia los judíos, ordenando suprimir de los misales las maldiciones contra "los pérfidos hebreos", proclama el primer santo negro: un mulato de Perú, San Martín de Porres. LA CARICIA DEL PAPA Es la noche del 11 de octubre de 1962, al terminar la peregrinación de antorchas y faroles concluye el acto inaugural del Concilio Ecuménico Vaticano II. El Papa Juan pronuncia en la plaza de San Pedro unas palabras en tono familiar, que conquistarán y emocionarán al mundo entero: "Queridos hijos, escucho vuestras voces. La mía es una sola pero recoge las del mundo entero: aquí todo el mundo está representado. Se diría que hasta la luna salió deprisa esta noche, observarla en lo alto, está viendo el espectáculo. Mi persona no cuenta nada: es un hermano que habla con vosotros, se ha convertido en Padre para hacer la voluntad de nuestro Señor… Pero todos juntos, paternidad y fraternidad y gracia de Dios, todo, todo… Debemos continuar amándonos, amarnos así; mirándonos así en el encuentro: coger lo que une, dejar atrás, si hay, algo que pueda ponernos un poco en dificultades… Cuando vuelvan a sus casas encontrarán a sus niños, les ruego que les den a sus hijos una caricia y les digan: Esta es la caricia del Papa. Encontrarán alguna lágrima que enjuagar, digan ante esto una buena palabra. El Papa está con vosotros, especialmente en las horas de tristeza y amargura. Y luego, todos juntos nos infundiremos ánimo y vida: cantando, suspirando, llorando pero siempre llenos de confianza y fe en Dios que nos ayuda y nos escucha, seguiremos para encontrar de nuevo nuestro camino. LA INMENSA FUERZA DEL CRISTIANISMO ¿De dónde nace en Angelo Roncalli esa mirada al hombre tan positiva, tan confiada en sus capacidades? No nace de un ingenuo sentimiento sino de una certeza de que aquello que habita en el corazón de cada hombre es una búsqueda de significado, de Dios. También en el hombre que parece hacerse "dios" por medio del progreso científico. Con su última Encíclica "Pacem in Terris", por primera vez en la Historia de la Iglesia el Papa no habla solamente a los obispos, al Clero y a los fieles católicos, sino también "a todos los hombres de buena voluntad": a cuantos entonces creen en la existencia de valores naturales que en cada criatura dejan impresa la huella del Creador. La Encíclica se basa en una visión optimista del hombre y de la Historia de la Humanidad, en la seguridad de que las sanas fuerzas de la toda la humanidad contesten positivamente al llamamiento de paz del Vicario de Cristo y que las ideas y hechos de la Historia de la Humanidad, guiados y ordenados de manera oculta por la Divina Providencia, conduzcan a los hombres a una indudable visión cristiana de la vida. No obstante las apariencias se nos muestran contradictorias. UNA MIRADA POSITIVA La magnitud y la extraordinaria popularidad del Papa Juan proceden en buena parte, también de este inalterable optimismo frente al hombre y frente a toda la Humanidad, sustentado en una inquebrantable y valiente fe, y de un sentido intenso y fuerte de lo Divino, que le permitió ir al encuentro, y establecer los consiguientes contactos, con las iglesias ortodoxas y protestantes, además de con hombres de distinta fe, religión o ideología. Para tal fin no presenta a la Iglesia como una torre de marfil cerrada sino más bien como "la Casa del Padre común", abierta a todos. Juan XXIII, convencido firmemente en la inmensa misma del cristianismo, no tiene miedo a enfrentarse a lo que sea y además tiene la profunda certeza de que el dinamismo y la lógica de la verdad, de la libertad y de la justicia, una vez que ha sido puesta en marcha, van a triunfar frente a la maldad y al oportunismo humanos. Por eso, el Papa Juan nunca tuvo miedo ni siquiera a los abrumadores progresos de la ciencia y de la técnica (con un radiomensaje saludó el vuelo humano al espacio), porque él sabía muy bien que cualquier progreso científico y técnico, por abrumador y extraordinario que sea o pueda parecer, deja siempre sin contestar las preguntas últimas que el hombre se cuestiona sobre sí mismo y sobre las razones y motivos últimos de su existencia en el universo; sabía que el progreso material deja siempre atrás el vacío del alma que ningún orgullo humano podrá jamás llenar. ¡EL PROGRESO NO BASTA! Angelo Roncalli sabía que los autodenominados "espíritus libres" en la mayoría de las ocasiones eran en realidad espíritus descontentos, que pueden ser reconquistados por la fe y por la esperanza solamente desde la comprensión y la humildad, con aprecio sincero a su dignidad humana y a su buena fe; sabía que sin embargo tarde o temprano el hombre y toda la humanidad, después de haber experimentado por unas horas del gozo efímero del progreso, está abocado a volver sobre las verdades de siempre, a la fe sencilla del niño y de la abuelita, que tiene más valor que todas las máquinas que el hombre pueda construir con sus manos, de toda su cultura y de todos los progresos científicos, y que es lo único que puede dar la tranquilidad y la paz en las relaciones humanas. CON LA MISIÓN SIEMPRE EN EL CORAZIÓN Cuando desde el balcón exterior de San Pedro fue anunciada la elección de Roncalli como Sumo Pontífice el 28 de octubre de 1958, los que conocían su trayectoria y pensamiento previeron que Juan XXIII iba a ser un Papa misionero. El comienzo de su actividad misionera se remonta a 1921 cuando fue llamado a Roma por el Cardenal Van Rossum con el fin de que se hiciera cargo de las Obras Misioneras en Italia, su interés por las misiones había empezado mucho antes. El 21 de abril de 1961, al terminar una reunión de la Comisión de Misiones que preparaba el Concilio, de forma confidencial el Papa dijo que había encontrado algunos escritos espirituales de cuando, quinceañero, estudiaba en el seminario de Bérgamo; en ellos había hecho el propósito de rezar al Señor siempre e intensamente por los "hermanos separados" y por las necesidades de las misiones porque, añadía, como era propio en aquellos años había empezado a interesarse por la obra misionera a través de publicaciones especializadas. En la diócesis de Bérgamo, el cura Roncalli fue un diligente animador de la cooperación misionera y ciertamente por su sensibilidad, además de sus altos talentos intelectuales y de corazón, fue llamado a Roma en 1921 por Benedicto XV, quien quiso nombrarle Director de la Obra de Propagación de la Fe en Italia, con el encargo preciso de renovar la organización de la Obra misma en todo el país. EL ESPÍRITU MISIONERO Mons. Roncalli permaneció en Roma desde 1921 hasta 1925, en que fue nombrado Visitador Apostólico en Bulgaria, por tanto, cuatro años dedicados exclusivamente a la cooperación misionera. En este tiempo tuvo tiempo de hacer visitas a lo largo y ancho de toda la península, unificando los distintos consejos regionales en un único centro nacional; visitó también algunos países extranjeros (Francia, Austria, Bélgica, Holanda y Alemania) para estudiar las formas de cooperación con las misiones que ponían en marcha en estos países: fundó y dirigió la revista "La propagación de la Fe en el mundo"; trabajó para la organización de la gran exposición misionera realizada en los jardines vaticanos con motivo del Año Santo de 1925. Sus escritos de aquella época están recogidos en el volumen que lleva por título "La propagación de la Fe", realizada con el patrocinio de la Unión Misional del Clero en Italia. En esta obra reluce el amor fervoroso del joven sacerdote por la causa misionera. En los 20 años posteriores, que pasó en Bulgaria, Turquía y Grecia, mons. Roncalli conoció a los "hermanos separados" y al vasto mundo del Islam; y más tarde, como Nuncio en Francia y Cardenal de Venecia, tuvo la oportunidad de visitar El Líbano, Túnez, Argelia y Marruecos; que le dejaron fuertes y duraderas impresiones, tal como reflejó en una carta dirigida al alcalde de Florencia, Sr. La Pira, el 19 de septiembre de 1958: "En confianza le diré que desde que el Señor me ha guiado por el mundo al encuentro de hombres y civilizaciones distintos a los cristianos he repartido las horas cotidianas del breviario para así poder extender un abrazo espiritual en la oración desde Oriente hasta Occidente…" Muy pronto, como Cardenal de Venecia participará en algunas manifestaciones misionales de gran importancia: el 17 de febrero de 1957 pronunció el discurso oficial de conmemoración de Mons. Conforti, fundador del Instituto Misionero Javierano, y en septiembre del mismo año pronunció la alocución final del Congreso Nacional Misionero de Padua. EL PATRIARCA EN MILÁN Pocos meses después, el 3 de marzo de 1958, el Cardenal Roncalli estuvo en Milán, en la sede del PIME, con ocasión del traslado de los restos de su predecesor en la sede de San Marcos el Patriarca Ramazzotti, fundador de las Misiones Extranjeras de Milán. En aquella ocasión el cardenal Roncalli pronunció un importante discurso misionero, acordándose de hechos anteriores de su vida, en los que llamaba la atención su amor a las misiones, dijo entre otros pensamientos: "Recuerdo la primera vez que la Providencia me llevó al Instituto de las Misiones Extranjeras de Milán en la Calle Monterosa, en el otoño de 1910, casi hace medio siglo, para la entrega del crucifijo a un buen grupo de misioneros con ocasión de su despedida. En las conversaciones llenas de fe con algunos de los ancianos, que habían regresado de los campos de evangelización, pude gozar de aquellos encuentros… me sentía atrapado de una inefable ternura, educando mi alma en la admiración y en el interés más vivo hacia quienes se sentían llamados y contestaban corriendo por aquel camino audaz y misterioso". CUANDO MUERE UN PAPA Una vez más sorprendió a todos. Como el comienzo del Concilio, su muerte fue también para el pueblo como un relámpago. Él supo vivir su enfermedad ofreciéndola por el bien de la Santa Iglesia y por amor a Jesús. Si un año antes, alguien hubiera dicho que el Papa no iba a alcanzar el verano de 1963, probablemente le hubieran tomado por loco o demente. El Papa Roncalli de hecho destacaba por su salud de hierro, él mismo lo había dicho en | |
|
© 2012 Catolicos Leigos Contemplativos
|
|